Con alrededor de una década en movimiento, el colectivo El Fantasma sigue pavimentando un camino sólido de reivindicación del pasado cultural penquista, a partir de investigaciones con archivos de largo aliento que terminan con la edición y publicación de los hallazgos, algunos tan sorprendentes como desconocidos para el gran público e incluso para lectores especializados.

Aunque no ha sido el único insumo, el diario El Sur de Concepción ha proveído al grupo de investigadores independientes una enorme batería de documentos y archivos sobre los cuales han desplegado sus capacidades investigativas para detener el olvido a la vez que proyectar al futuro el germen de la evocación. Un régimen memorial, una mónada, que como apuntaría Georges Didi-Huberman en Arde el archivo, no busca ver o conocer el Absoluto sino un jirón o un fragmento.

Recientemente, en el mes de agosto, se realizó el lanzamiento del volumen bajo el sello Ediciones Escaparate, que ha acompañado el desarrollo editorial del colectivo desde sus inicios. El extenso ejemplar antologa, reúne y pone en valor, mediante heterogéneos a la vez que valiosos estudios preliminares, las crónicas de Julio Arriagada Herrera, colaborador del diario El Sur conocido por su seudónimo “El Archivero”.

El arco temporal de las crónicas reunidas va desde noviembre de 1948 a noviembre de 1954, textos donde a propósito de informaciones contingentes (Harinas para California, Llegada de vacunos finos, Primer equipo de rayos X, por ejemplo), como de otras de componente histórico (La actividad industrial en 1893, Dos cronistas centenarios, A 150 años de una tradición, entre otras), de interés local (El teléfono en Concepción, Cerro verde en 1905, El río Bío Bío en Talcahuano, etc.), rememoran, evocan, reconstruyen y revisitan escenas de la vida penquista en que lo urbano se despliega como paisaje constitutivo de modos múltiples de habitar, donde la observancia de los hechos resignifica y sitúa el acontecimiento en unas coordenadas específicas que tributan a la conformación identitaria de una mítica que con el correr de las décadas pondrá a Concepción como una ciudad culta, universitaria, ilustrada y progresista desde donde sucede lo nacional a una escala humana, vital y siempre en movimiento.

Aquella ciudad "de los lagartos venenosos" para Gonzalo Rojas se nos dibuja y compone en las crónicas de Arriagada como un espacio hospitalario pero oscilante, un espacio fluido y apto para el desarrollo como un lugar conservador consciente del influjo del pasado; y un emplazamiento que paulatinamente es sometido a formas narrativas mitificadoras del entorno. A propósito de esta última idea, vale la pena destacar la fluidez explicativa del cronista que con una agilidad notable transmite un ideario curatorial en que la selección, la clasificación de los registros, el montaje de los archivos, sigue la dinámica que Marcela Alexandre y Pablo Martínez, dos de los editores del volumen, denominan escritura archival que de algún modo va contribuyendo a la memorización del pasado, al registro anecdótico intencionado y al desarrollo de una historia cultural molecular, a escala humana donde la fragmentación, la acumulación y la discontinuidad se erigen como soporte de un relato legitimador del margen.

La paradoja de la visibilización de la historia local a partir de un tratamiento global desde las convenciones del género crónica contribuye a la puesta en valor y a la patrimonialización del proyecto cronístico de El Archivero Julio Arriagada, que además estuvo perfectamente articulado con el compromiso institucional del diario El Sur, que ha jugado un rol fundamental en la descentralización y en la consolidación identitaria de la ciudad, a partir de un interés sostenido por la información, la cultura, el comercio, la tecnología, las artes, la política y la academia.